Cuando dejé Macondo el sol iluminaba el principio del día más largo que alcancé a vivir: me detuve en cada vereda, calle y acera no para despedirme de ese pueblo agonizante y condenado al olvido, sino para recordarlo un día tal y como lo dejé: sin nada que me quedase allí para bien o para mal, solo mis recuerdos que nadie va a necesitar en ningún lugar del mundo o época por venir.

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